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EL EGOÍSMO PERVERSO
DEL
SEXO ANAL

También se le conoce como “sexo sodomítico”, por la
ciudad bíblica Sodoma, destruida por un extraño fuego proveniente de Dios,
debido a la práctica generalizada de la homosexualidad masculina, práctica
frontalmente condenada en reiteradas oportunidades por el libro sagrado,
tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Ante tal condena divina, por
mucho que se le trate de buscar justificación o presentarla como algo
moralmente bueno o neutro, la sodomía es una práctica incompatible con una
vida auténticamente religiosa, espiritual, ya sea cristiana, judía, musulmana
o budista, porque prácticamente todas las grandes religiones la condenan
enérgicamente.
Sin embargo, la sodomía no solo se da entre varones
homosexuales, donde uno de ellos es “pasivo”, siendo penetrado analmente, y
el otro “activo”, quien penetra al pasivo. También entre parejas
heterosexuales -hombre-mujer- se practica la sodomía, el “sexo
sodomítico”, cuando el hombre penetra a la mujer por la zona anal, buscando
nuevas sensaciones o “variedades”. Se trata de algo incentivado por los
chistes, por el cine (no sólo el porno xxx) y en
general por la sociedad, que al parecer no tiene claro si se trata de una
inocente manera más de “hacer el amor”o de algo
negativo.
Si no se tienen estudios formales de moral, que por lo
general se aborda en las carreras de filosofía y teología, para saber si algo
es bueno o no, se puede observar a la naturaleza; hay que estar atentos a “las leyes naturales”.
Y en este sentido, disciplinas científicas,
objetivas, como son la anatomía y
la fisiología, nos indican que el
conducto ano-rectal tiene como función evacuar las materias desechables de la
digestión, y también servir de medio de introducción al organismo de
medicamentos, como los supositorios. Ninguna otra. Es decir, no es una zona
cuya función sea recibir los embates de un sólido pene en erección. Y porque
no es su función, no es apta para recibir al órgano genital masculino. Para
lograrlo, quienes practican sexo anal, deben recurrir a “preparaciones”,
lubricaciones, provocar dilatación, una serie de maniobras a fin de
“forzar” -en la práctica- la entrada del pene. Eso no ocurre en la
penetración vaginal, donde la vagina se dilata y lubrica sola,
espontáneamente para recibir cómoda, placentera y naturalmente al órgano
masculino.
Por el contrario, esa penetración anal forzada, muchas
veces produce desgarros, sangramientos, fisura anal
que debe tratar un médico de urgencia y, peor aún, dolor en la mujer, no
pocas veces, que “cede” al “requerimiento” de su hombre con tal de agradarlo,
de no defraudarlo; también por temor a que “busque en otra parte” que le
cumplan la “fantasía”, que le den “el gustito”. El hombre que pide sexo anal
a su mujer, demuestra no solo ignorancia en temas de salud, sino falta de
auténtico amor por ella, no importándole el daño que pueda provocarle al
penetrarla en zona no apta con su miembro en erección. Falta de amor, de
consideración, de delicadeza. Y también es la mujer la que debe tener esto
claro, para hacérselo ver a su hombre con suavidad, exponiéndole los
argumentos en contra de esta práctica; explicándole que puede causarle no
sólo dolor innecesario (mientras él egoístamente goza), sino un daño, incluso
una emergencia médica en caso de producirse una fisura en anillo anal.
Dicen -repiten
sin pensarlo- que “en el amor todo
está permitido”. Sí, en el AMOR, pero pedirle a la mujer se deje penetrar
analmente, no es amarla, sino amarse egoístamente. El AMOR de verdad nunca
daña o hace lo indebido. Por eso San Agustín acuñó la famosa frase: “Ama y haz lo que quieras”. Y también se aplica al amor de pareja y
concretamente a la entrega mutua en la sexualidad. La sexualidad debe
ennoblecer a la pareja y no degradarla por debajo de los animales; porque hay
cosas que ni los animales practican.
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